Se conocieron en una parada de colectivo, un día de calor pegajoso. Hablaron de cosas inútiles: el retraso, el clima, una canción que sonaba desde un auto. Después cada uno siguió su camino, convencido de que ese encuentro no merecía ser recordado.
Pero se volvieron a cruzar. Una vez en una librería, otra en un bar. Empezaron a saludarse con una sonrisa que duraba un segundo más de lo necesario. Nunca dijeron nada. No hubo citas ni declaraciones. Solo una cercanía tímida, sostenida por la repetición.
A veces caminaban juntos unas cuadras. El amor, en ese caso, fue una hipótesis: algo que pudo ser y no fue, pero que igual dejó huella.
Con los años, ambos entendieron que el amor también existe en lo que no se dice.
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